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Pelluhue, verano 2001 (sin editar)
En Pelluhue era verano, estábamos el grupo entero, y en nuestras cabezas la idea de salir rumbo al Sur a conocer nuevas olas. Yo solo había surfeado en mi boggie en las playas de Pelluhue, en las olas de Curanipe y Tres Peñas, y un fin de semana que visite Rinconada de Taucu con el Rorro, historia que en otra oportunidad les contaré. Pero bueno, en el instante que se nos ocurría esto, las ganas de Marcelo se hicieron valer y al día siguiente partíamos rumbo a Pullay. Éste es un lugar que jamás olvidare, debido a la gran calma que existe en el entorno, éste es un solitario lugar donde no existe cabaña, hostería, ni nada parecido, tan solo se puede alojar en carpa pero, con una ola de lujo, cinco estrellas, que rompía perfecta y serena durante la marea alta, fuerte y furiosa durante la baja a eso de las seis de la tarde con una altitud promedio de dos y medio a tres metros, además de la larga y limpia costa que se ve hacia el Norte, acompañada por el costado de una larga línea de pinos que aromatizaban el lugar mezclado con el olor a mar. Este era el lugar indicado para viajar con nuestras tablas al hombro y los que participarían de este viaje serian Marcelo, Rorro, Juaco y yo, abordo de la camioneta de Don Toño (Papá de Marcelo), quien nos iría a dejar hasta allá para ir a buscarnos en dos días. Todo era tranquilo, las provisiones en comida y líquidas eran suficientes para nuestra estadía en Pullay, hasta un galón de gas de quince kilos llevábamos junto a la cocinilla, que a la larga estuvieron dentro de los peores errores del viaje.
Luego de cruzar todos los lindos paisajes que se presentan en éste viaje, lleno de bosques y camino de tierra, por el otro lado, la línea costera del Pacífico chileno de la séptima región, nos encontrábamos con la casa de un viejito que es lo mas parecido que hay en el lugar a alguien de la ciudad, ya que es el cuidador de los autos que llegan hasta el lugar, solo que la propina la pide en copete. También mi impresión fue máxima en el momento en que vi mi ideal de vejez, dos ancianos de alrededor de 65 años, gringos, venían recién saliendo del agua portando sus tablas de surf y enfundados en sus costosos trajes, tuve la oportunidad de compartir un par de palabras con ellos y no me dejaron nada mas que decir que “esa es mi vejez soñada, recorrer el mundo con mi tabla al hombro”. Luego de esto, llevamos todo lo que traíamos hasta el lugar donde pasaríamos la noche, esto era hacia unos doscientos metros desde donde podíamos llegar en la camioneta, se imaginaran lo que fue para el que llevo el galón de gas hasta allá, además que fueron alrededor de tres vueltas cargando la cantidad de cosas que llevábamos para solamente dos días. Una vez en el lugar, y luego de quedar boquiabierto con la calidad de ola que me esperaba para correrla, decidimos el lugar para armar la carpa, a unos veinte o treinta metros del mar. Por mi parte, alistaba mi equipo inmediatamente para ir a correr en mi boggie junto con el resto de mis amigos, cuando eran eso de las doce del día, algo nervioso metía mi cuerpo hasta la mitad en las frías aguas, el miedo a lo desconocido en estas situaciones se hace fuerte, mientras las ganas de correr esa hermosa ola superan rápidamente ese miedo. Recuerdo que el peligro más latente en esta ola era el de correr una ola que no te hiciera pasar una roca bastante grande que se posaba en la orilla, pero una vez adentro solo piensas en disfrutar del momento, temeroso esperaba la ola que me correspondiera, junto a otros dos boogies que estaban en la misma mía. Pero llego el momento, los otros ya habían corrido y me tocaba a mí, sin mucho bracear pude tomar la ola y bajarla como Dios manda, con el agua cayendo en mi cara y las revoluciones a mil en mi cuerpo, se levantaba cada vez más una pared de agua que se acercaba a los tres metros, ésta me obligaba a tomar más velocidad amenazándome con reventar en mí para hacerme pagar, por lo demás, ya había pasado la roca que se interponía en la orilla y tan solo quedaba disfrutar de este maravilloso momento que me entregaba la fuerza líquida de la madre natura, contento como cabro chico con juguete nuevo salía a la orilla a unos cien metros desde donde se toma la ola, mientras Marcelo, Rorro y el Juaco disfrutaban de la misma manera que yo. Luego de esto, intenté entrar por un lugar nada que ver a lo acostumbrado, contento con mi primera ola en Pullay, remaba mar adentro cuando de repente se venia el set, cansado al máximo como para pasarlo haciendo patitos y para variar en muy mala ubicación, remaba como loco buscando capear esas masas que se venían como de tres metros con unas ganas enormes de reventarme encima, fueron tres, gracias a Dios las pase, pero esas son las cosas que hacen calmarte y no pasarte de balsa cuando quieres meterte en un lugar que no conoces.
Al estar alrededor de una hora en el Mar y de estar dando jugo con el Juaco en la desembocadura del río empezaron nuestros problemas, ya teníamos hambre y el encargado de cocinar era yo, el menú de día era arroz con salmón y tomate, pero habrían algunos problemas con la cocinilla que llevamos y que por consecuencia nos hizo llevar el galón de gas de quince kilos ¿Porqué no más chico?, no lo sé, sólo sé que la cocinilla que lleve me dejo en la peor de las vergüenzas ya que no quiso funcionar, después del viaje me enteré que el regulador tenia maña para que funcionara. La comida igual se hizo a pura leña mientras yo quería puro agarrar a patadas la cocinilla.
Durante la tarde, tendríamos una visita, un pequeño lobo de Mar llego hasta la costa, les diré que lo único que querían todos era que el lobo volviera de donde venía, a lo cual el único que se oponía era Marcelo, en más de una ocasión se le paso por la mente agarrar al lobo a palos y echarlo a la parrilla en la noche como lo hacían lo pueblos aborígenes antiguamente, el lobo de Mar no podía entrar producto de la fuerza de la ola, mientras a Marcelo más le crecían las ganas de agarrarlo a palos y convertirlo en su cena.
Ya al atardecer, el té, los sándwiches y la sopa espesa que se comió el Juaco nos mataban el hambre, junto a una fogata calentábamos el cuerpo, y además planeábamos que hacer durante la noche, no había mucho panorama por lo desolado del lugar, pero la tranquilidad que había en ese lugar era invalorable.
Estaba anocheciendo y se comenzaban a ver tan solo el resto de las fogatas de los otros campistas que estaban en el lugar, un par de botellas de pisco y bebidas nos acompañarían la noche, y yo deseando tener la única cosa que se me había olvidado llevar ¡cigarros!, tan solo quería un cigarro. Mientras a Marcelo no se le iba de la mente el lobito de la tarde, de hecho lo anduvo buscando con linterna entremedio de las rocas.
Como les había contado antes, a unos veinte o treinta metros de la orilla habíamos armado la carpa, privilegiando la barrera contra el viento que teníamos gracias a una enorme roca, pero esta distancia entre el Mar y la carpa había comenzado a disminuir y el peligro de que nos llegara el agua hasta la carpa se hacia cada vez mas inminente, lo que no impedía reírse y molestarse con las tallas que salían, ya con las copas algo pasadas comenzamos a dar jugo de lo lindo, mientras la fuerza de la ola se acercaba cada vez mas a la carpa, llegó el momento en que por las ganas de conseguir un cigarro nos alejamos de la carpa olvidándonos un rato de que se nos podían mojar las cosas, fuimos a dar hasta la carpa más cercana que era de unos surfistas de Santiago con lo que compartimos unos tragos y cigarros, mientras otros intentaban quedarse parados y no caer por efectos del alcohol. En un momento, uno de mis amigos (de quien no mencionaré el nombre) cayó y Marcelo se ofreció para ir a dejarlo a la carpa, eran cerca de las tres de la madrugada y nuestra carpa quedaba al cruzar un río, y en caso de que el Mar haya llegado hasta las cosas Marcelo vendría rápidamente y nos avisaría para hacer algo. No pasaron ni dos minutos cuando vuelve Marcelo hasta donde estábamos nosotros, con los pantalones hasta las rodillas y la linterna en la mano gritándonos que el Mar había llegado hasta la carpa, al instante corrimos hasta nuestro campamento saltando entre las rocas para no meternos al río e ir a sacar nuestras cosas del agua, cuando llegamos a la carpa, mi amigo embriagado dormía sobre la arena húmeda sin darse cuenta de lo que pasaba, pero para sorpresa y bien de nosotros, el agua había llegado hasta la carpa, pero gracias a Dios no había mojado nada, como por producto de un milagro, no les explico porque ni siquiera yo me lo explico. En ese momento, comenzaron las mayores dificultades de nuestra estadía en Pullay, sí, aún peores, para sacar la carpa del lugar donde estaba y ponerla en un lugar seguro debíamos cruzar el río a oscuras con la carpa armada, en calzoncillos y luego, comenzar a llevar cada una de las cosas que traíamos de carga, con la luz de una linterna y con el frió entrando en nuestros pies y arriesgando el feroz resfriado comenzamos con el cambio de casa, sin problemas encontramos un lugar donde armar la carpa por lo que nos quedaba de noche, pero inevitablemente los problemas continuaban.Terminamos de instalar la carpa en el nuevo lugar y nos colocábamos unos pares de calcetines para quitar el frió de los pies, yo en mi saco de dormir ya tratando de conciliar el sueño abrigado por todos lados al igual que los demás, ya todo había pasado, por lo menos eso creíamos, pero nadie se había dado cuenta de que el viento había comenzado a correr, uno de nosotros en un extremo de la carpa, engancho mal el techo y de un rato a otro seguían los problemas, yo no sentí nada hasta el momento en que con una incomprensible risa Marcelo me despierta diciendo: “Cabros, se nos voló el techo”, ya nadie quería saber más de carpas ni nada, yo por lo menos no tenia frió ya que estaba bien abrigado así que me dormí nuevamente.
Al otro día en la mañana, el viento seguía corriendo fuerte, mientras todos nos mirábamos a las caras y reíamos, no podíamos creer todo lo que nos había pasado en tan solo una noche, pero Marcelo no estaba en la carpa, así que abrí la puerta de esta y ahí estaba el lindo, parecía astronauta entremedio de todas las parcas que tenia puestas con el gorro de lana puesto en la cara y adentro de su saco tirado en la arena como si nada, mientras mi amigo por primera vez con una caña enorme despertaba muerto de frió por haberse quedado dormido sin saco de dormir y tan solo adentro de la funda de su tabla.
En estas condiciones nos dejaba Pullay, el lugar de la ola cinco estrellas nos sacudía la carpa sin compasión con el viento, mientras el Mar se picaba como queriendo sacarnos del lugar, así que, no nos quedaba más remedio que llamar por el teléfono rural del lugar a Don Toño que estaba en Pelluhue para que nos viniera a buscar o a salvar para otros. De todas maneras lo pasamos súper bien, son experiencias que no se olvidan jamás y hay que vivirlas para saber que es lo que se siente.Don Toño le dejo un par de sandias al viejito que cuidaba los autos, Marcelo nunca pilló al lobo de Mar, pero aun me quedan dudas de las reales intenciones que tenia con el pobre lobo, y nosotros, nunca olvidaremos las travesuras de la madre natura con nosotros esa noche.
Santiago, de vuelta del verano 2000